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Las Punteras de Elisa (X)

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Un sonido gutural, casi agónico, salía de aquel cuarto de baño. Un grito sordo, animal, que expulsaba todos los demonios que atormentaban a Gestas. No era sólo la lógica reacción fisiológica a otra noche de maldita borrachera. Era un llanto de desesperación que nacía del interior, de las entrañas, un alarido de macho alfa, expulsado de su manada por otro lobo más joven y dominante. Esas tripas que liberaban los samurais en el pasado, al practicarse el “seppuku”, cuando ya no había ” Daimyo” al que seguir, o cuando el honor se había perdido. Arcadas de alcohol que derramaba por su boca hasta desfallecer, hasta perder el sentido de la realidad. Ya no había nada que regurgitar. El regusto agrio de la bilis inundaba su boca y las lágrimas ácidas que escocían, hijas de aquella nausea eterna, se desparramaban por su cara. Reía, lloraba, vomitaba, en un orgasmo de vacío existencial. Asido fuertemente a la tapa de aquel váter, con sus brazos rodeando la taza, Gestas continuaba echando a los demonios, en un exorcismo interminable. Los que habían crecido en su interior. Aquellos que dominaban desde siempre su alma. Sus eternos compañeros de infancia.

Ya había perdido la cuenta de cuántas noches habían terminado de la misma manera. Con ese abrazo místico, de rodillas, frente a aquel agujero negro que tragaba sus penas. Algunas veces no llegaba a su casa. Había vomitado en la calle, en su coche, en más de alguna esquina, encima de sus ropas, o incluso, encima de alguna compañía ocasional. Ese veneno le estaba matando.

Se secó el sudor y se limpió los restos de fluidos de los labios, con la manga de una camisa ya manchada y pestilente. Se incorporó y se acercó al espejo. No quería mirarse en él. Pero sucumbió. Levantó los ojos y miró. Y no reconoció al hombre que tenía delante. No era él, era un extraño. Su piel estaba pálida, de un blanco mortecino, barba de varios días, ojos brillantes, pero muertos, ojeras. De pronto, sus ojos se encontraron con los de aquel ser que le observaba fríamente y sonreía. Abrió el grifo, y con sus manos se enjuagó la cara.

Apoyándose en las paredes, encaminó lentamente sus pasos al salón, y se desplomó en su butaca. Cerró los ojos.

Aquel cuarto era un verdadero paraíso infantil. Las paredes estaban recubiertas de papel, con hadas y elfos, criaturas fantásticas que volaban por los cielos, magos, dragones y guerreros a caballo, corrían por el techo vulnerando las leyes de la gravedad. Una ventana enorme dejaba pasar la cálida luz del sol. Desde ella, se divisaba un jardín preñado de rosas, naranjos, azahar y damas de noche. En el alfeizar de la ventana, se encontraba una jaula dorada, en la que ” Cantarín”, un pequeño jilguero, entonaba las más alegres melodías, regalando armonías a todos. Una fuente redonda con mosaicos romanos, agua cristalina y una estatua de Hades en el centro, en una mezcla explosiva, reinaba el centro de aquel Edén multicolor.

Juguetes por doquier, caballos de cartón, escopetas de corcho, muñecos de trapo, un patinete de hierro de color rojo reluciente, pelotas de cuero, un tren, eran algunos de aquellos preciosos tesoros infantiles, de aquel niño solitario. Estanterías de madera de roble, repletas de libros, un escritorio con una bola del mundo, un juego de escritura, pluma, tintero y papel secante.

Su cama, un colchón mullido y confortable de plumas de ganso, revestido de colchas, bordadas con cientos de cervatillos. Una almohada también de plumas, era el descanso perfecto que cualquier niño desearía. Una lámpara isabelina de miles de cristales brillantes, pendía del centro del techo reflejando la luz natural, y creando arcoiris de ensueño.

Gestas no tenía hermanos, jugaba solo durante horas infinitas. Inventaba historias, pintaba en su caballete con una paleta de colores, todo aquello que su imaginación le sugería. Corría por el jardín descubriendo insectos y plantas nuevas, en un universo de aventuras. Escalaba por las ramas de los árboles, a la caza de algún pajarillo. Alguna tarde le visitaba algún niño con el que jugaba. Pero la mayor parte del tiempo estaba solo. Se había acostumbrado a estar solo.

Su padre nunca se encontraba en casa, los negocios de la familia le ocupaban la mayor parte de su jornada. Tenían una finca desde tiempos inmemoriales. Olivos, viñas, trigo. Tantas hectáreas de tierra tenían bajo su dominio, que múltiples tipos de fruto crecían en ellas . Únicamente veía a su padre al anochecer, cuando volvía a su casa. Después de cenar, lo cogía amorosamente en brazos, y le contaba hazañas increíbles de sus antepasados, de sus tradiciones y costumbres, del origen de su apellido, de relatos que todavía no llegaba a entender, y cuando llegaba la hora de dormir, acompañaba con cariño al pequeño a su cama, dejándole prendido un beso en la frente.

Su madre, era otra cosa. Estaba siempre en casa. Dominaba todo el tiempo del pequeño Gestas. Muy alta, de cabellos dorados, del color del trigo de sus tierras, esbelta y elegante. Sus ojos eran de un verde mar intenso, casi irreal, y un rictus de ligero desdén y lejanía de las cosas terrenales dominaba su expresión y sus modales. Era nacida de alta cuna. María Eugenia era una mujer de belleza abrumadora. Se había casado como todas las señoritas sevillanas de su clase social, con un pretendiente con posibles. Los matrimonios pactados era lo habitual, entre las altas clases sociales de la Sevilla más acaudalada. Pero un matrimonio, lleno de lujos y comodidades no le dio el amor a aquella fina y fría damisela.

Esas numerosas horas de ausencias las pasaba María Eugenia en casa, reunida con su grupo de oración, del que se sentía especialmente orgullosa y afecta. Las más importantes mujeres del pueblo, acudían a la casa de los Santamayor, cada tarde, para leer los Sagrados Evangelios. En el salón, leía cada dama un capítulo, para después entrar en debate del sentido y significado de la Palabra revelada, todo ello dirigido por María Eugenia y el Padre Demetrio, antiguo sacerdote ya retirado. El Padre Albino, el nuevo cura, siempre había declinado las invitaciones a participar de aquellas reuniones. María Eugenia siempre se había preguntado el motivo de la actitud del sacerdote. Las reuniones siempre acababan con la reducida comitiva, rezando el rosario. Lo repetían una y otra vez, hasta la saciedad. El olor a incienso y cirio quemado, provocaban un clima irrespirable, hipnótico. Gestas, escuchaba con temor desde su cuarto, situado en la planta alta, los enfervorecidos cánticos. Miraba, agazapado, tras la barandilla de la escalera, con la curiosidad propia de un niño. Al finalizar, siempre, cada tarde, una de las integrantes se aproximaba a la puerta del salón, y la cerraba con llave. A partir de ese momento, reinaba un silencio sepulcral, que retumbaba en los oídos del pequeño. Al cabo de una hora, la puerta se abría, y en el más absoluto de los silencios, los integrantes de la comitiva abandonaban la casa. Ese era el momento, en el que María Eugenia acudía a su segunda gran pasión, la bebida. Era una gran bebedora de toda clase de licores y vinos. Lo único que no probaba era la cerveza, por que le habían enseñado que ” eso era de pobres”. Agarraba unas borracheras de órdago, y casi siempre terminaba inconsciente, desmayada en el suelo. Menos aquella tarde.

Aquella tarde, Gestas no aguantó su curiosidad, y bajo las escaleras. Con anterioridad, Doña Leonor, mujer del Alcalde, había cerrado la puerta del salón, como cada tarde. El pequeño puso su mano infantil en el pasamano, y peldaño a peldaño fue bajando la escalera que descendía desde la primera planta. A cada escalón que pisaba, se producía un imperceptible crujido de la madera. A la mitad del recorrido, Gestas paró, algo en su interior le decía que era mala idea, que tenía que volver a su cuarto, que si Doña Leonor cerraba la puerta, era por que no tenían que ser interrumpidos, que su presencia no era bien recibida, y que fuera lo que estuvieran haciendo, lo mejor que podía hacer era regresar con sus juguetes. Gestas siguió bajando. Al final de la escalera, un rellano, con una estatua de un dragón chino de marfil, una mesita alta de cedro, una alfombra persa en el suelo de madera, y un espejo redondo de plata. Gestas se acercó a la puerta y agarró el pomo. Torpemente lo giro, y abrió la puerta con lentitud. Por una pequeña rendija, llegaban unos extraños ruidos y una leve luz. Gestas acercó sus ojos de niño, para poder ver mejor.

Dicen que unos de los momentos más tristes de la existencia, es cuando un niño pierde su inocencia. Aquella tarde fue la última tarde la de la inocencia del pequeño Gestas. Una maraña de cuerpos desnudos sudorosos se mezclaban, en una trepidante bacanal de sexo desenfrenado. Era imposible distinguir donde empezaba uno y terminaba otro. Gemidos, palabras lascivas y lenguajes obscenos hirieron los tímpanos del niño. Los ojos de la inocencia se rompieron. La rosa blanca se marchitó,y asqueado por tal espectáculo fue retrocediendo lentamente hasta el rellano.

” ¿ Qué haces ahí niño infecto? ” Gritó su madre desnuda, asomando medio cuerpo por la puerta. Gestas aterrorizado retrocedió apresuradamente y cayó al suelo de espaldas. ” ¡ Vete de aquí ahora mismo hijo de Satanás! ¡ Ya hablaremos tu y yo sabandija asquerosa!”

Gestas subió las escaleras a la velocidad del rayo y se metió en su cuarto. Una vez allí, se arrastró hasta debajo de su cama, y abrazado a su peluche, un oso marrón de nombre ” Bicho”, cerró con fuerza los ojos, mientras su corazón galopaba como un caballo desbocado.

Pasó, una hora, quizás dos, cuando pudo escuchar voces que se alejaban y los pasos de unos zapatos de tacón subiendo por la escalera. Era su madre, la que entraba por la puerta, agarrando con una mano una botella de coñac medio vacía, y con otra una regla de madera.

” Ven cariño ven, mamá te va a enseñar lo que estaba haciendo con sus amigos”. Su aliento apestaba a alcohol.

Aquella tarde, aquella fatídica tarde, el alegre jilguero que estaba en la ventana del cuarto de Gestas, enmudeció.

Las Punteras de Elisa (IX)

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“¡ Eso es un verdadero sacrilegio! ¡ Es una falta de respeto total a la fe de nuestro señor Jesucristo! ¡ Me niego en rotundo, nunca bautizaré a su hijo con esos nombres!”

Las finas venas azuladas de la cara afilada del Padre Albino se marcaron en su cuello con una intensidad visible, mientras que la yugular bombeaba a un ritmo peligroso. Sus ojos penetrantes, bañados de un rojo escarlata, amenazaban con un derrame. Menos mal que la juventud del sacerdote, y su aparente buena forma no presagiaban ningún ataque al corazón inminente, pero unos cuantos años más, y una peor condición física hubieran sido malos aliados.

” Padre, no tiene que ponerse así, no le estoy pidiendo ningún imposible. Es una tradición en mi familia. El segundo nombre ha sido el mismo desde los orígenes de mi apellido, allá por el siglo XV. No tiene nada de que atemorizarse, si comprueba las partidas de bautismo de todos los varones Santamayor, ha sido nuestro segundo nombre desde siempre, no entiendo tanto revuelo, ni tanto alboroto. Y con respecto al primero, creo que usted exagera. Comprendo que es usted el sacerdote nuevo de este pequeño pueblo, pero sus predecesores en la fe, fueron más comprensivos que usted. No hay que alarmar, ni alarmarse tanto, padre, las costumbres de los pueblos y de las familias, son eso, sólo costumbres”.

“¡ Le repito que es una verdadera aberración! ¡ Herejía, apostasía! ¡ Burla a nuestro Dios Padre Celestial! ¿ Cómo iba yo a admitir poner esos nombres a un niño que se va a bautizar? ¡ A una criatura pura, que va a borrar el pecado original de nuestros primeros padres, con el sacramento del Bautismo! ¡Es intolerable!¡ Totalmente!” El Padre Albino golpeó contra la mesa de madera del despacho parroquial con vehemencia. Miles de papeles y documentos volaron por los aires, cayendo sobre el suelo de mármol, blanco y negro. El sacerdote intentó vanamente retomar la compostura, se apretó el alzacuellos, y se atusó con los dedos el cabello. ” Mire Señor Santamayor, es cierto que soy nuevo en el pueblo, pero no soy nuevo en la fe, ni en la vida. No conozco su familia, pero no hay que ser muy inteligente para apreciar a simple vista, que tiene usted que pertenecer a alguna familia pudiente e influyente, por su atuendo, y por sus maneras. Lo que le quiero decir, en resumidas cuentas, es que he venido aquí a continuar una labor parroquial de fe y conversión, que soy garante de la religión católica contra el marxismo, comunismo y leninismo judeo-masónico que ha atizado tantos años a nuestra querida nación española, y que tanto daño ha hecho a los cristianos católicos, por no mencionar a nuestros mártires, y que lucharé con todas mis fuerzas, y por supuesto, con el apoyo de las fuerzas públicas, contra la depravación, malas costumbres, vicios y pecados, y si fuera necesario, me dirigiré a mi superior, al arzobispo, o al mismo Caudillo, para denunciar cualquier ofensa o práctica deshonrosa contra nuestra Santísima Virgen María, nuestro Señor Jesucristo, nuestra Santa Madre Iglesia, o contra Dios nuestro Creador” El sacerdote, se sentó en la silla exhausto, clavando la mirada en los ojos de Longinos Santamayor, con satisfacción por el discurso que acababa de salir de su boca.

Un brillo taimado se reflejaba en la mirada del Señor Santamayor. Era un hombre alto y fornido, elegante. Vestía traje de color gris oscuro de paño, con un chalequillo negro con ribetes dorados. Una cadena de oro puro, perteneciente a un reloj de pulsera, colgaba de uno de sus bolsillos. Un pañuelo de seda, de color beigue, asomaba en el bolsillo superior de su chaqueta. Un chaquetón de terciopelo azul oscuro, cubría su figura, y en la mano, un sombrero de ala ancha del mismo color. Gemelos de oro, y camisa perfectamente planchada, en tono beige. Corbata gris oscura, perfectamente anudada al cuello, con flores de lis, en color azul claro. Engominado, con un fino bigote. Es cierto que el Señor Santamayor desprendía elegancia y buenas maneras, poco comunes en aquella época de posguerra. Pero no era una elegancia y buenas maneras que invitaran, precisamente a la tranquilidad. Todo lo contrario.

” Mire padre, ciertamente no es usted nuevo en la vida”. Las palabras de Santamayor, fueron como puñales que volaban en dirección al Padre Albino. ” No es usted nuevo en la vida, cuando el Arzobispado se ha visto obligado a recolocarlo, por decirlo de alguna manera, en nuestro amado pueblo, por los escándalos que usted ha dejado en su anterior parroquia de Carmona. No es usted nuevo en la vida, cuando por su causa, ya hay una nueva vida en aquel delicioso pueblo, que lleva su sangre. No es usted nuevo en la vida, cuando aquella adolescente llamada Lucía, le dijo que no, que aquellas prácticas tan extrañas no le hacían bien a su alma y que no las veía bien. No es usted nuevo en la vida, cuando intentó por todos los medios, que aquella joven abortara, cuando se enteró que su semilla estaba en ella. No es usted nuevo en la vida, cuando su presión fue tal, que a punto estuvo de consumar aquella inocente su suicidio. No padre, no, no es usted nuevo en la vida”. Santamayor se llevó la mano a su bolsillo, sacó una pitillera dorada con incrustaciones y la abrió. Con delicadeza paso su dedo índice por la fila de cigarrillos en fila, y se paró en el último del extremo derecho. Lo sacó y se lo llevó a la boca. Del otro bolsillo, sacó un encendedor y de un rápido gesto, encendió el cigarrillo. Una bocanada, profunda, satisfecha y toda la estancia se lleno de humo. ” No hay peor cristiano, que el judío converso padre”- soltó una risotada.

El Padre Albino estaba pálido como las paredes de cal del pueblo, su cara y sus manos eran blancas como la leche, y una lenta gota de sudor le caía por la frente. Sus ojos, antes fieros y varoniles, se tornaron en asustados e infantiles. De un plumazo, de un estocazo, el Sr Santamayor había desarmado al soldado de la fe. Tocado y hundido.” ¡Touché!”

El cura se quedó pensativo durante unos interminables segundos.”Ehmm, bueno..”-carraspeó, ” creo que esto se nos ha ido de las manos a los dos. En realidad, no es tanta afrenta, ya que si consideramos la teología más ortodoxa, estamos hablando de que el segundo nombre era el que tenía antes de pecar contra Dios. Y el primer nombre fue de aquél que estuvo al lado de nuestro Señor Jesucristo en su muerte, y no se habla de que no se arrepintiera”- desesperadamente apostilló ” además de que Él imploró perdón al Padre para ellos, por que no sabían lo que hacían”-tartamudeó..” Eso sí, en el sacramento del bautismo no proferiré el segundo nombre”.

” ¡ Ha visto padre! ¡ Si al final todos nos entendemos, lo único que hay que hacer es dialogar hombre, dialogar!”- sonrió satisfecho Santamayor.

“Ahora por favor, escriba usted mismo en este acta el nombre que desea para su hijo en el bautismo. Lo tendría que hacer yo, pero…prefiero que lo haga usted”.

Longinos Santamayor, cogió la pluma, y comenzó a escribir el deseado nombre de su hijo. Se levantó y ofreció la mano al cura, victorioso. El sacerdote rechazando el saludo, dio un paso hacia atrás. Longinos sonrió y salió del despacho parroquial. Mientras iba por la calle, todos los paisanos con los que se cruzaban, le saludaban con afecto sincero y amabilidad. Longinos con la sonrisa petrificada en su cara se sentía orgulloso. Continuaba la saga, continuaba su legado, el que había recibido, de su padre, de su abuelo. Cuando su hijo fuera creciendo, él con cariño desorbitado de padre, le iría instruyendo en las ” tradiciones” de la familia. ” Gestas Luzbel Santamayor Álvarez”- dijo para sus adentros, ” bienvenido a la familia”.

Las Punteras de Elisa (VIII)

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Una pistola 400 Astra, reluciente, brillante, todavía caliente, reposaba encima de la mesa de madera agrietada de interrogatorios, del cuartelillo de la Guardia Civil.

Amancio estaba sentado en una de las sillas de aquel pequeño y lóbrego cuarto. Una bombilla amarillenta y polvorienta, chisporroteaba en el techo, ofreciendo una luz intermitente y escasa. Los ojos de Amancio no podían apartarse de aquella pistola. Su forma sinuosa, su silueta, sus cachas de madera, su fulgor metálico lo tenían totalmente atrapado, cautivado. Imaginaba el poder que podría tener con aquel arma en su mano. ¿Cómo sería disparar con ella?, sentir el retroceso, el olor a pólvora quemada, el impacto de la bala en el cuerpo del blanco deseado. ¿Como sería la cara del pobre desgraciado que estuviera frente a él, siendo apuntado por aquella herramienta de dominación, de muerte? Un escalofrío le recorría la columna, de placer, de regocijo, y una sonrisa maliciosa se iba dibujando en la cara. Una de sus manos, se acercó tímidamente a la pistola.

“¡ Amancio! ¿ Se puede saber que estás haciendo? ¡ Ni se te ocurra hombre, que te tendría que empaquetar por eso!” Amancio, estaba tan embelesado con la Astra 400, que había perdido la noción de la realidad, y no se había percatado de que el Cabo Ochoa había entrado en la sala de interrogatorios. Dio un ridículo respingo y escondió la mano bajo la mesa.

“¡ De verdad que no te puedo dejar sólo ni un momento Amancio!” El Cabo Ochoa, llevaba en el cuerpo de la Guardia Civil desde antes de la Guerra. Durante el conflicto, se había comportado como un verdadero animal con aquellos paisanos que no profesaban la ideología de los sublevados. Se enorgullecía de las cabelleras rapadas que conservaba en su casa, de las esposas de aquellos republicanos que habían muerto fusilados, además de miles de salvajadas más que se rumoreaban en el pueblo. Por desgracia, muchas de ellas ciertas.

” Me vas a buscar la ruina Amancio. Tu sabes que yo soy hombre de bien, y que respeto que hagas con tu familia lo que te de la gana, que para eso eres el hombre de la casa. Pero, eres un imprudente. Con la pobre Margarita, me costó la propia vida mantener lo del accidente, y estuviste a punto de dejarla sin brazos sinvergüenza, no te la mereces. Pero con lo de la pequeña Severa, ¿ Qué tienes que decir al respecto? ¡ Has estado a punto de matarla hombre!”.

Amancio levantó los ojos con resquemor, con un odio perceptible, casi le costaba la vida comenzar a hablar. Su yugular se marcaba como una serpiente mordiéndole el cuello” Ochoa, ha sido un accidente, la niña estaba muy cerca de la trilladora, tropezó con un saco y..”.

“¡ Venga hombre, no me jodas Amancio! ¡ Qué trilladora ni que ocho cuartos hombre! ¡ Has estado a punto de matarla! ¡ El matasanos ha necesitado de tres hombres para poder hacerle las transfusiones necesarias, y la pierna no se la ha podido salvar! Y te lo vuelvo a repetir, eres hombre de tu casa, tu la llevas y tu la entiendes, y después de todo lo que has..”

“¡ Exactamente Ochoa, después de todo!” Amancio interrumpió con brusquedad al Cabo.

El Cabo Ochoa enrojeció de repente. Sus nudillos se pusieron blancos de apretar los puños. Todavía recordaba con claridad aquella fatídica noche. Amancio y su hermano Rafael, tras las continuas vejaciones, faltas de respeto, y tropelías que el señorito del cortijo cometía con todos ellos, se atrevieron, junto con otros hombres, a fundar un sindicato de trabajadores del campo. Iban a luchar por sus derechos, para que no les pisaran. Si no había trabajo para todos ¡Huelga! Amancio, tenía muy mala fama en el pueblo, hombre pendenciero y mal bebedor, pero conseguía arrastrar a todos, nada más abrir la boca, era un verdadero agitador. Hubiera sido un increíble político. Aquella noticia, llegó al señorito, que le faltó tiempo, para levantar el teléfono y avisar al cuartelillo de la Guardia Civil. Un 4 de agosto de 1936, de noche, una escuadra de la Guardía Civil irrumpió sigilosamente en los domicilios de los pobres sindicalistas. Amancio pudo escapar por la ventana, pero a su hermano Rafael lo detuvieron, y lo bajaron a culatazos por las escaleras. No llegó al muro de fusilamiento, lo mataron a patadas en el camión que iba de camino. Amancio corrió como alma que perseguía el diablo y llegó hasta el molino de pan, cerca del camión que esperaba a los condenados. Pudo ver cómo su hermano agonizaba, recibiendo una lluvia de patadas de botas, botas de cuero negro lustrosas, que comenzaron a ensuciarse de sangre. Amancio lloraba de ira, de rabia, de miedo, agachado en el suelo.

De pronto un susurro, “¡Eh tú! ¿ Qué haces ahí?” La sombra de un Guardia Civil se interpuso en su vista. ” Tú eres Amancio, ¿qué haces aquí cobarde? ¡Ven para el camión hombre, que corras la misma suerte que tu hermano!”. “¡No por favor!”, exclamó Amancio, ” ¡ No me hagas esto te lo suplico, que dejo sola a Margarita y a los niños! ¡ Te lo ruego Ochoa, no me hagas esto!”. ” Te vienes conmigo de cabeza hombre, que ahora no tienes tanto coraje, ni tanta palabrería para reclamar esos derechos que dices que tú, y los de tu calaña tenéis”, exclamó el Cabo Ochoa. “Tus hijos, si son listos, saldrán adelante, y renegarán del rojo de su padre, que fue un inútil y un inconsciente”, prosiguió. Amancio se acercó las piernas de Ochoa, y las abrazó con fuerza, gimoteando, continuaba, ” ¡ Te lo suplico Ochoa!. ¡ Por Margarita, hazlo por Margarita!”. En ese instante las facciones de tensión del Cabo, desaparecieron, su ritmo cardiaco se relentizó, y las manos agarradas a su Mausser se aflojaron. ” ¿Por Margarita? Esta noche vas a tener suerte Amancio, vete a la trasera del molino, y no te muevas de allí hasta que el camión se vaya, ¿ Te enteras? ¡ Hasta que el camión se vaya!”.

 

“Bueno, Amancio, entonces vamos a decir, que la trilladora le arrancó la pierna a Severa, y ¿después qué? ¿cuándo será el siguiente accidente? Mira, no es un secreto,” dudó en continuar, ” sabes que le tengo cariño a la niña..” El Cabo Ochoa, calló, pensando concienzudamente lo que iba a decir. Al final se atrevió,” Mira, vista la situación, creo que lo mejor es que la niña se venga a vivir conmigo”. Los ojos de Amancio, enrojecieron de ira y furia, se mordió el labio inferior hasta el punto de hacerse sangre. ” Tranquilo Amancio,  creo que será lo mejor para la niña”.

Amancio miró al Cabo Ochoa, ” Haz lo que te salga de los cojones, Ochoa, quiero salir de aquí, es lo único que me importa”.

Severa abrió los ojos, todavía estaba adormilada por la fuerte anestesia que había recibido. La intervención había sido larga, muy larga. Una sequedad absoluta le inundaba, le impedía siquiera tragar saliva. Una habitación blanca, con paredes blancas. Una silla, a su izquierda. Una muleta en la pared, una pierna de madera apoyada en el suelo. Severa se queja, una enfermera acude con un vaso de agua. ” Bebe niña, bebe, pobrecilla mía, ¿Cómo te has hecho esto?” Al salir la enfermera, entró el Cabo Ochoa. Lentamente, con un paquete pequeño con lazo entre las manos, se acercó a ella. ” Hola Severa, ¿ cómo te encuentras?”. La niña guardaba silencio, todavía atontada, y sonrió.

” No te preocupes cariño mío, todo paso, no te preocupes que nadie nunca más te volverá a pegar..hija mía”.

Las Punteras de Elisa (VII)

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Severa escupió dos dientes mezclados con sangre y saliva. Al menos eran todavía dientes de leche, así que por lo menos no los perdería definitivamente. Su pequeño cuerpo de 4 años había surcado los cielos, como una de aquellas briznas de algodón que recogía con sus infantiles manos, en el campo. No tenía la menor idea de lo qué había pasado. Lo único que recordaba era el grito encolerizado de su padre, Amancio, y a continuación todo lo demás se tornó negro. Le dolía su mejilla de una manera inusitada, y poco a poco, notaba como se le iba inflamando.

Severa era una niña buena, laboriosa, generosa y pizpireta . Era la única niña, la más pequeña, junto con 5 hermanos varones, y como buena niña rural de la España de posguerra, su madre Margarita, la había instruido en todas las labores domésticas con las que sería una buena esposa y madre. Esa era la mentalidad de la época. Pero el caso de la pequeña Severa era especial. Su madre había sufrido un accidente en el campo, durante una helada. Resbaló con aquellas gastadas alpargatas y en la caída, se rompió los dos brazos. Nadie lo vio, nadie lo presenció, pero eso era lo que contaba Margarita a todo el mundo, cuando le preguntaban por lo sucedido. Así Severa se convirtió en los brazos de su madre, y con tan corta edad, pasó a desempeñar todas las labores de la casa, y también los de su madre en la faena del campo. A ello se le sumaba que en su casa, una pequeña choza que lindaba con el cortijo del señorito, sus hermanos y su padre no levantaban el dedo, por lo que la pobre pequeña, tenía que cocinar, hacer camas, planchar, lavar, tender, zurcir.

Esta difícil niñez contrastaba con la maravillosa mente de Severa. Tenía la niña una fantasía desbordante, y para poder huir de su penoso y sufrido presente, su imaginación estaba constantemente inventando aventuras y cuentos. Sus viejos, sucios y mugrientos vestidos, eran preciosos ropajes de terciopelo y tul, con bordados arabescos, y un can can de impresión. Y por supuesto que cada día estrenaba uno nuevo. Sus sandalias rotas y con agujeros, eran zapatos de rojo charol, con lazos fijados con un brillante , la envidia de todas las niñas del pueblo. Pan, agua, sopa de cebolla, eran zumos, frutas, carnes, pescados y deliciosos manjares de los que disfrutaba. Algunas noches no podía comer más, tenía el estómago tan lleno que le iba a reventar. Su muñeca de papel, era la famosa Mariquita Pérez que todas las niñas querían, Con su vestido rojo y lunares blancos, mejillas sonrosadas y trenzas de pelo negro. Su camastro de paja, era una preciosa cama, con colchón blandito y sábanas limpias, cada noche. Y su cruel, alcohólico y agresivo padre, junto con sus hermanos, a cada cual peor, eran los mejores hombres del mundo. Era la preferida de su padre, que le regalaba cariño, bonitas palabras y abrazos diarios, Y sus hermanos la mimaban como la princesita que era. En su imaginación no había posibilidad alguna de palizas, insultos, humillaciones, desprecio, y maltratos.

Su madre Margarita, era la única que aguantaba inmutable, en la imaginación de Severa. Era maravillosa, la quería con locura, y todo valía la pena por ella. Cariñosa, divertida, trabajadora hasta la extenuación, una mujer buena. Además le explicaba todo, cómo coger los huevos de las gallinas del señorito, cómo nacía cada vida, cómo recolectar el algodón sin reventarse las manos, cómo evitar el frío de las mañanas, cómo sembrar cada semilla, Los ciclos de las estaciones, los periodos de luna llena, los animales de la granja y del campo, los beneficios de cada planta, arbusto, rastrojo, flor, alimento. No tenían secretos para ella. Era una sabiduría comunicada de generación en generación, hablada, no escrita, que las mujeres de su familia había transmitido desde siempre.

Y claro está, Severa tenía grandes proyectos para su vida, grandes ilusiones. Quería volar por los cielos como los aviones, ser motorista, conductora de coches, constructora de casas, maestra, médico, escritora, enfermera y pastora, ganadera, y mil cosas más. Viajar alrededor del mundo, y llegar a la luna. Su sed de conocimiento y saber, era sólo comparable con aquella maravillosa y febril imaginación.

Pero por encima de todo, Severa quería ser bailarina, y volar como las aves. En las fiestas del pueblo, siendo ella muy pequeña, un Circo había recalado en los alrededores. La mujer barbuda, un faquir, payasos, equilibristas y muchos artistas, ofrecían un espectáculo increíble. Eso sí, lo que había captado la atención y cautivado el corazón de Severa, eran aquellos bailarines. Se movían, al ritmo de una música cadenciosa e hipnótica, triste, como seres celestiales, como ángeles. Sus pies, sus brazos, aquellas posturas tan perfectamente ejecutadas consiguieron emocionar a Severa, hasta el punto de hacerla llorar, y aplaudió como una descosida, cuando la pareja de bailarines concluyó.

Severa estaba dando de comer a los cerdos en el granero, aquella fatídica noche. ” ¿ Con que quieres bailar no?  ¿Eso es lo que me has dicho esta mañana, verdad, niñata desagradecida? Tus hermanos y yo nos estamos partiendo el lomo para sacar adelante a tu madre y a ti, y tú lo único en lo que piensas es en pajaritos y en tonterías”. Amancio increpó a Severa. El había entrado en el granero sin que ella se percatara. Severa bajó la barbilla contra su pecho. En ese momento recordó lo que había pasado aquella mañana. ” A ti te voy a quitar yo las ganitas de dar saltitos” Amancio cogió de la mano a la pequeña, y la llevó hasta una mecedora que estaba rota y esperaba ser reparada. ” “Siéntate ahí, que te vas a enterar”. Agarró una gruesa soga que se encontraba entre la paja, a pocos metros y ató a Severa al respaldo de la mecedora con fuerza. La niña ni se quejó, pero casi no podía respirar.

” A la inútil y metomentodo de tu madre le tuve que romper los brazos. A ver que se me ocurre contigo”. Amancio cogió una maza de madera enorme, que utilizaba para arreglar los carros de los bueyes y los toneles de vino que el señorito tenía dispuestos en la bodega contigua. Se dispuso frente a ella. Severa tragó saliva con dificultad y miró a la maza. Después miró a los ojos de su padre. Estaban inyectados en un rojo carmesí claro, y desde la mecedora, podía oler el tufo asqueroso y anisado que salía de la boca de Amancio Caballero. Prefería mirar a los ojos de su padre, y no a la maza, para provocar algún tipo de sentimiento de misericordia, de compasión. Hubiera dado igual que Severa hubiese fijado la mirada en aquella madera de roble amenazante.

” Ya se dónde bailarina, ya se dónde”. Amancio bajó con todas sus fuerzas la maza que impactó con contundencia brutal en la pierna derecha de Severa. La pequeña emitió un grito horrible, desconsolado, animal, primitivo. Primitivo también eran los gritos de Amancio, que una y otra vez golpeaba con la maza en el mismo lugar.

Al terminar su deshonrosa salvajada, Amancio salió del granero, riendo, jadeando, secándose el sudor de la frente arrugada, dejando inconsciente a Severa. Donde antes había una pierna, quedaba un amasijo de sangre, huesos y colgajos de carne que pendían de la cadera de la pequeña.

 

Las Punteras de Elisa (VI)

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” Venga Marcos, ¿ Cómo le explicarías a un niño pequeño, algo realmente complicado? Piensa.” Gestas se tambaleaba cual malabarista circense, en el taburete del bar ” La Ilustre Víctima” en la calle Correduría 35, de Sevilla. Sus ojos de pupilas dilatadas estaban totalmente perdidos en el espacio de aquel angosto bar, lleno de humo. A pesar de las prohibiciones legales existentes en España, en relación al tabaco en los espacios públicos cerrados, en aquel bar, como en otros lugares en Sevilla, la gente hacía lo que le daba la gana. Así, una veintena de cigarrillos brillaban en la oscuridad de aquel barroco antro, iluminado por velas y candiles, chisporroteando al ritmo de la música jazz.

Marcos, también bajo los efluvios del alcohol, se llevaba torpemente la mano derecha a la cabeza, mientras que la izquierda sujetaba a duras penas, una copa de “Jack Daniels con hielo” y un cigarro de liar. ‘” No tengo ni la menor idea tío, en serio, deja de jugar conmigo y dime a dónde quieres llegar”.

” Es muy sencillo, que te veo cortito está noche. Al niño se lo cuentas en un lenguaje que lo entienda. Tengo una idea, todavía no bien formada, pero creo que tanta metáfora y lenguaje figurado empleado en la Biblia, eran utilizados para hacer comprensible nuestros orígenes, de forma sencilla, al hombre de aquella época. Creo que el origen de nuestro universo, el principio de la vida, el primer hombre, todo viene explicado pormenorizadamente en los textos de la Biblia, con una exactitud pasmosa.”

” ¡Buenoooo esto si que es una verdadera revelación! Creo que los últimos cuatro cubatas te han sentado como dos tiros Gestas. Hombre, desde siempre el alcohol era llamado bebida espirituosa, pero, ¿ Hasta el punto de volver creyente a un recalcitrante ateo? ¡Aleluya! ¡Milagro, milagro!” Marco sintió una intensa nausea al abrir tanto la boca, que estuvo a punto de vomitar.

La gente miraba con sorna al vociferante profeta.

” ¡Jajajaja, eres un cachondo mental. Ni de coña, claro que no! Simplemente que estoy comenzando a contemplar con otros ojos lo que en un principio en mi infancia asumí como un incuestionable dogma de fe en mi colegio de curas, después me rebelé ante ello por ateísmo beligerante, y ahora estoy comenzando a ver, que no todo es creacionismo ni todo evolucionismo.” Marcos abrió los ojos hasta lo que pudo y guardó silencio. ” He visto que te ha afectado lo que te he dicho”, sonrió Gestas. ” Imagina que la realidad científica y empírica eran  tan compleja, tan difícil de asimilar, con tantos conceptos físicos, químicos, astronómicos, cuánticos, que el que dictaba ideó un cuento para niños, para que los hombres de aquella época, lograran entender, pudieran aceptar.”

” ¡ Eh, Eh, Eh! ¿ He escuchado  el que dictaba? ¿Dios?.” Interrumpió Marcos inquisitorial.

” En ningún momento he hablado de Dios, no en los términos judeocristianos. Sólo te digo Marcos, que hay algo que estoy rozando con la yema de los dedos, algo que se reseña constantemente desde el origen de las civilizaciones, de las religiones, desde el ” Conócete a ti mismo”del Templo de Apolo en Delfos, Brahma escondiendo la divinidad del hombre en el interior del ser humano para no sea encontrada, y hasta las palabras de Jesucristo.. ” Yo y el Padre somos Uno”. ¿Y si Jesucristo y Dios compartieran algo, y no es una cuestión de fe o algo figurado? ¿ Y si nosotros por ser hermanos de Jesús compartimos algo que todavía no hemos llegado a descubrir?” ¿ Dónde podríamos encontrar esos vestigios? ¿ Qué es aquello que todos los seres humanos, por el hecho de serlo, compartimos y nos hace sustancialmente iguales en esencia, aunque se den pequeñas diferencias?”

” He perdido el hilo tío, esta noche no te sigo nada mamona. Además allí atrás, hay dos tías que no nos dejan de mirar. Yo creo que esta noche mojamos” Dijo Marcos con el instinto animal en modo cazador.

” El ADN imbécil, compartimos el ADN”.

Las Punteras de Elisa (V)

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Su mano dejó caer la copa al suelo. Un fuerte sonido se dejo sentir en la salita de estar de Gestas. “Claro de Luna” de Beethoven sonaba en el toca discos. Era un nostálgico empedernido. Se había resistido siempre a las nuevas tecnologías, a pesar de ser un hombre relativamente joven. La copa, dejó derramar su contenido, un apestoso coñac barato que ya corría por sus venas. Como otra noche más, el sopor de su pronunciado alcoholismo le ayudaba a evadir toda realidad, todo pasado, todo.

Parecía mentira, pero para ser tan sibarita en su vida, Gestas bebía todo lo que se ponía a su alcance. Vino de mesa, cerveza, ron, ginebra… La lista era interminable. No había días, no había horas, no había motivos. Lo había intentado todo. Alcohólicos anónimos, psicólogos, psiquiatras, amigos, familiares, religiones, meditación, auto ayuda, “coachs” de todo tipo, hipnosis. Su sed, su dolor se aplacaba únicamente con alcohol. Altas dosis de alcohol. Pero había un pequeño problema. Como se decía en Sevilla, a Gestas no le sentaba bien el alcohol. No era de “buen beber”. Toda su ira, toda su frustración, toda su angustia, todo ese magnífico y maravilloso intelecto que El Creador le había concedido, desaparecía en un momento. Todos los filtros mentales, toda su educación, todas las normas y composturas, todo desaparecía. Se convertía en un verdadero demonio, lleno de crueldad, sarcasmo, cinismo. Cual Dr. Jekyll y Mr. Hyde, la transformación que se producía era horrenda. Se había quedado totalmente sólo. Sin familia, sin amigos, sin relacionarse en aquella ciudad de relaciones. Muerto social en vida en el más profundo ostracismo. Un amigo le quedaba, de la nómina de nombres tachados. Marcos, Sancho Panza de desventuras de aquel pobre ser endemoniado. Amigo de la infancia. Habían pasado juntos de todo: separaciones, divorcios, muertes, traiciones, despidos, traslados laborales, insultos, malentendidos. Marcos merecía un lugar en los altares. Amigo de verdad, no de los ” de cervecita y fortuna”. Había estado a su lado, cuando murió ella. Lo había llevado a urgencias miles de veces para que le inyectaran la temida b12. Había soportado insultos, improperios, vergüenzas, locuras pasajeras, locuras horribles. Borracheras, vómitos y algún que otro puñetazo. Y no eran ni hermanos. Eran amigos. La familia que se elige.

Gestas despertaba de vez en cuando. Miraba aquella foto que reinaba en el centro de su salita de estar. Miles de libros reposaban en las estanterías que moraban en las paredes. Objetos antiguos, cuadros, un molinillo de café de los años 30, pipas de tabaco, maquinas de escribir oxidadas. Aquella Hispano Olivetti que heredó de su abuelo, intendente militar. Figuras africanas, barrocas, algún niño Jesús, cuadros con telas del Japón, una katana reposando en su atril. A ella le encantaba los objetos extraños y antiguos, emanaban historias, humanidad, autenticidad.

Se conocieron en el mercadillo de la Calle Feria, un jueves. Él se fijó en una figura pequeña, romana de apariencia, de marfil. Al cogerla, su mano chocó con la de ella. Rieron. Lo recordaba con absoluta claridad. No recordaba la cantidad de sandeces e insultos que le había soltado a Marcos la noche anterior. Pero aquel pasaje lo recordaba con absoluta claridad. Le dijo a ella tres o cuatro tonterías, intentando impresionarla, sobre la datación, origen y significado de aquella estatuilla.

” Es una burda imitación de la Diosa Lakshmi de Pompeya, hallada en el 39. Representa la fertilidad. Si te gusta te la regalo”. Ella sonrió embelesada.

Miro al cuadro, y volvió a derramar lágrimas. Estaba seguro que todo lo que bebía lo lloraba. Ya no le importaba la vida, ya no le importaba estar sólo, ya no le importaba haber decepcionado a todos sus familiares, amigos, colegas. Todo era mentira, todo era un bulo, todo era una ilusión. Todo y nada. Blanco y negro. ¿ Siempre blanco y negro?

” Nunca rompas el silencio, si no es para mejorarlo” . El ” Claro de Luna” llegaba a su más que triste final. Era lo único que le consolaba para sentirse cerca de ella, era lo único que le acercaba a su fatal ausencia. Comer su comida, escuchar su música, visitar sus lugares, leer sus libros. Pero él, era un hombre de ciencia. Todo aquello le parecía chiquilladas, cursilerías románticas que los cerebros primitivos se inventaban para perpetuar la especie, para facilitar la procreación. El amor era un burdo recurso de la química del cerebro. Eso era lo que pensaba. Estaba de vuelta de todo. Por eso se emborrachaba, para no pensar, para solamente sentir. Como aquel niño que experimenta por primera vez las cosas, sin cuestionamientos, sin argumentos, sin tesis, antítesis o síntesis. Para sentirla cerca, para verla viva de nuevo. El veneno del alcohol circulaba por sus venas.

Móvil que suena. Llamada. ” Gestas ¿ qué haces despierto a esta hora tío? He visto tu conexión en el whatsapp. Es muy tarde, anda vete a la cama”- Marcos imploró desesperadamente.

” ¡Déjame de una puta vez cabrón! ¿ Y a ti quíen cojones te manda espiarme imbécil fracasado? ¿ Voy yo detrás tuya cuando vas a esos sitios que te gustan ir a ti, de perversión y de sexo barato? ¡ Déjame de una vez! ¡ Solamente sigues siendo mi amigo de mierda, por que así te sientes mejor! ¿ Verdad? Te hace sentir bien ser el buen samaritano que está salvando la vida a este asqueroso desecho ¿ verdad? ¿ Lavas conmigo tus pecados, tu culpabilidad gracias a esa educación reprimida de papaito y mamaita? ”

Al otro lado de la linea, se escuchaba una respiración entrecortada, suspiros, decepción infinita.  ” Vale Gestas, me ha quedado claro, vete a la cama, mañana hablamos”

El móvil impactó contra la pared y cayó destrozado como la copa, en el suelo.

A mi esposa

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Vértigo al mirar desde arriba,
cansancio indómito en los ojos,
sopor de horas sin parar,
pánico al que será, al que es, al que fue.

Valerianas para desayunar,
nicotina para almorzar,
sopita de silencios y al insomnio.

Mala pecunia por dejarte el alma,
desprecios de sucios avaros, ávidos de dinero.

Sin ti. Sin tu piel. Sin tu calor. Y un día tras otro cumpliendo el guión.

Pero vino aquella que trae la paz, y poco después la mensajera de Dios.
Vinieron del cielo, sus risas, su salud, sus voces, sus ojos, su dulzura, su inocencia. Mi orgullo.

Tus ojos cansados, tu aliento fatigado de ojeras, tu apoyo constante de reina espartana, a contracorriente. Tu amor.

Te miro, te escucho, te huelo, te toco, te siento. No tengo miedo.