Las Punteras de Elisa (I)

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No podía respirar. Una presión insoportable le aplastaba la garganta, y sentía que sus pulmones iban a estallar en mil fragmentos, haciéndose añicos.

De forma instintiva se llevó las manos al cuello, intentando librarse de esa horrible presión, de esa fuerza inexplicable que le impedía tomar aliento. Era más un acto reflejo propio de supervivencia, que un acto propiamente racional. Era imposible, no encontraba manos contra las que luchar, no había brazos a los que herir, no había nadie del que zafarse. Junto a él en su cama, sólo estaba él, y nadie ni nada más.

–  “Ya está, todo esto no es más que una pesadilla, es un mal sueño. Seguramente, estaré dormido boca abajo, con la almohada y las sábanas por encima, y esta sensación de asfixia es debida a ello”. Fue lo que como un relámpago certero nació de su raciocinio, intentando explicar qué estaba ocurriendo. Él era un científico, y todo tenía una explicación racional y justificada, basándose en los criterios físicos, empíricos y demostrables. Todo se podía medir, pesar, cuantificar, y explicar. Y si por alguna razón, no era posible, era porque el hombre no sabía el motivo. La religión, la magia, la parapsicología, las medicinas alternativas, eran cuentos de viejas y moribundos para pobres espíritus, crédulos, desesperados, de nula o escasa formación académica y similares.

Pero la presión alrededor de su cuello no disminuía, todo lo contrario, aumentaba. Por otro lado, si había desarrollado aquel elaborado pensamiento, era más que improbable que todo aquello fuera una pesadilla. Al intentar respirar, comenzó a emitir unos chillidos, agudos, como silbidos casi inaudibles, que cortaban el aire. Sabía que se estaba comenzando a asfixiar. Era uno de los primeros síntomas al intentar inhalar oxígeno.

El siguiente síntoma de su progresiva falta de aire, fue su piel, que poco a poco se tornaba azulada, hasta una tonalidad  morada, como recordaba de las clases de medicina forense a las que iba como colaborador en el Departamento de Criminología.

Podía sentir que su final estaba cerca.  No había más oxígeno en sus pulmones. Sus pies se movían compulsivamente, un estertor generalizado le dominaba, sentía sus ojos hinchados, a punto de reventar y salir de sus cuencas. Y la presión aumentaba. Gotas de sangre comenzaron a caer de los orificios de su nariz. Y sus vanos esfuerzos continuaban, ¿ Dónde estaban esas manos, dónde esos brazos? ¿ Qué era aquello que lo estaba matando?-

De pronto, un joyero situado en frente de su cama, en una cómoda de vieja caoba, se abrió, y una pequeña bailarina de ballet surgió de la nada y comenzó a dar un redondo perfecto . Una melodía comenzó a sonar, ” Para Elisa” de Beethoven.

Sintió como la presión desapareció por completo, dejando una horripilante marca de zarpas alrededor de su cuello, y entre toses sanguinolentas e inspiraciones profundas, sintió que volvía a la vida.

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