Bienvenidos

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Cuando te das cuenta que la vida no es todo lo que te han contado. Cuando te das cuenta que la vida es más corta de lo que creías. Cuando te das cuenta que el cielo no es realmente azul. Cuando te das cuenta que una sonrisa también puede ir acompañada de lágrimas y tristeza.

Cuando te das cuenta que no hay nada más grande que el amor y la amistad. Cuando te das cuenta que el dinero te hace más pobre de lo que eres. Cuando te das cuenta que la vida es un regalo maravilloso que no apreciamos y que estamos aquí de prestado. Cuando te das cuenta que por la mirada de una mujer desconocida lo darías todo, por que te enamoró sin hablar.

Cuando te das cuenta que la gente que te quiere está siempre a tu lado, en los momentos más difíciles, y hacen que sean menos amargos. Cuando te despiertas por las mañanas, sintiéndote vivo y con ganas de luchar, a pesar de que te caíste al suelo 1000 veces y cada vez te cuesta más levantarte.

Cuando sabes realmente el significado de la palabra perdón, por que tu lo pediste. Cuando estás harto de odiar y de sentir rencor en tu corazón, por que descubres que lo único que hace es destrozarte el alma. Cuando llegas al punto de paladear cada segundo de tu vida como si fuera el último. Cuando te das cuenta que no es lo mismo querer que ser amado, que la ilusión más grande en tu vida es vivir ilusionado.

Para todos aquellos y aquellas que se dieron cuenta……Bienvenidos.

Algún tormentoso día de febrero de 2008.

Amistad. Divino tesoro.

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Recuerdo con cierta nostalgia cuando de pequeño, mis amigos aporreaban la puerta de mi casa. Mi madre, cual soldado de guardia en la garita, salía al umbral para escudriñar intenciones, y después de un rotundo y potente ” No puede salir, tiene que estudiar”, cerraba con un portazo desalentador ante las jóvenes ilusiones. Profano la expresión del Maestro Darío, ” Amistad, divino tesoro”.

Y no digo que lo eche de menos, pero si es cierto que es el recuerdo honesto que tengo de lo que era la amistad más pura, más inocente, más bienintencionada. Todo se resumía en un ” quiero jugar contigo”. Bella expresión que resume de manera magistral lo que es compartir, disfrutar de la vida. Embarcarse en juegos y fantasías, pelotas, pistolas de plástico, pilla pilla o escondite, o la nueva figurita de “Star Wars”. No había interés malicioso alguno mas que el de pasar un buen rato. Chillar, cantar, reír, correr, desafiar los límites de la gravedad y de la realidad, desafiar lo impuesto, en ese mundo precioso que es el de la infancia y la adolescencia. ” Para entrar en el reino de los cielos, deberéis tener ojos de niño”.

Pero no todo era juego. También había lágrimas, lloros, frustraciones, desilusiones, malas notas, castigos injustos y justos, alguna reprimenda, alguna paliza. En nuestro entendimiento, en nuestro nivel de madurez, era toda una tragedia grecorromana, era todo un drama inacabado y de amenazantes consecuencias. Y en ese crucial momento, delicado y sensible, tus amigos también estaban allí. Para echarte el brazo encima del cuello y decirte, ” ¿qué te pasa?”, para recogerte del suelo cuando te habías caído y gimoteabas con una rodilla ensangrentada, para escucharte y consolarte por que aquella niña te había dejado, o por cualquier otro motivo infantil de desazón. Aquellos eran tus AMIGOS. Y en aquellos momentos, no faltaban, ni fallaban.

En esta bendita ciudad en la que vivo, no te faltan ni te fallan amigos de cervecita, de compartir una charla en el bar hablando de fútbol o de espectaculares y voluptuosas féminas, de charanga y pandereta. Horas interminables en las barras, cátedras del vulgo, hablando de política, arreglando mundos, quejas universales hacia suegras, jefes, trabajos, políticos, gobiernos desgobernados, juventud, bancos, ricos y poderosos, cotilleos varios. Y ahora con el paso de los años, es una costumbre que he llegado a comprender. No requiere intimidad, no requiere compromiso, no requiere desnudar el alma. Simplemente es desahogo. Cantar las penas generales, de la comunidad, es el recurso barato al psicólogo, lo que cuesta 1.50€ de una cerveza. Horas hablando de las preocupaciones que nos copan las neuronas, sexo, dinero, trabajo, amor..Momentos de catarsis por una cerveza y una tapa.

Pero ¡ Ay si se te ocurre hablar con alguien de tus penas personales, de tus frustraciones, de tus inquietudes! Gesto fatídico de total falta de educación sevillana. ¿ Me vas a amargar las “servesita” ” mi arma”? “Joé” para una que me quería tomar tranquilito, no me ralles, que te rallas más que una cebra. ¡ Qué yo también tengo problemas!

¿ A qué te lleva esta conducta aprendida? A estar siempre rodeado de gente, pero a sentirte siempre sólo. Las maneras mandan. El qué dirán también. Todos “amigos”, todos extraños.

Y escuchas con leve sensación de envidia a tu mujer, que va a quedar con sus amigas, las AMIGAS de toda la vida. Son más propensas nuestras compañeras de sufrimientos a mantener a sus amigas de la infancia. Normal, son más listas y sabias, más inteligentes. Saben que el camino es largo, que trabajos, amores, vienen y van. Y que aunque las penas con pan son menos, cuando las escucha una oreja amiga, son menos todavía. Siempre lo he dicho, Diosas en la tierra.

Siempre me preguntaba inocente, el motivo por el que mis abuelos varones, no tuvieran amigos. Siempre que paseaba con ellos, en muy pocas ocasiones, por lejanía y por que ya eran mayores cuando pude compartir algo de tiempo, nunca quedaban con alguna amistad a tomar algo. Quizás en las épocas en las que les tocó vivir, la amistad era otro de los tesoros impagables que se les negaban. Penurias, guerras, hambre, buscarse la vida, trabajar mucho trabajar, pudieran ser motivos por los que nunca los vi acompañados de amigos. También eran mayores, habían ya enterrado a muchos. Habían pasado de acudir a las bodas, bautizos y comuniones, para frecuentar velatorios, más veces de las deseadas. Nunca me llegué a imaginar que yo iba a conocer la razón, antes que ellos.

Y me acuerdo de mi amigo Erick, de mi hermano de infancia. El fue el hermano que nunca tuve. Siempre estuvo ahí, compartiendo los primeros pasos en nuestras vidas, juegos, colegio, estudios, travesuras, y siempre riéndonos haciendo las trastadas propias de nuestra edad. Su padre, fallecido hace poco, lo quería mal. Le daba unas zurras de espanto, y Erick nunca se quejó, nunca abrió la boca. Aguantaba con espartana actitud. Nunca lo vi llorar, aunque sabía que había ” cobrado”, por que todavía reflejaba su cara la marca de la “caricia”. Nuestros primeros acercamientos a las chicas, música, locuras, correrías nocturnas y diurnas. La vida, la distancia, los malentendidos hicieron que poco a poco nos fuéramos distanciando. Él era de los que nunca faltó a la hora de ir a buscarme para salir a jugar. Tampoco falto una palabra suya de consuelo.

Y Caste, Sergio, Oscar, Jorge. Mi pandilla, la pandilla más “leñera” de todo el barrio. Seres inmortales, vampíricos, de pelo largo, que deambulábamos por las calles de mi querida ciudad de Ceuta. Jóvenes, de insultante juventud. Inconformistas, alegres, sin tiempo para preocupaciones. Primeros cigarillos, primeros cubatas. Cumpliendo con los trámites de la madurez. Desafiantes. Aquí, ahora, este momento. Los días cortos.

Y en mi Colegio. Puedo decir que los 43 que estudiábamos en aquella clase, eramos todos amigos, de los de verdad. No se si era otra época, o es que yo lo sentía así. Pero así era. Puedo repetir de memoria, casi de una manera enfermiza, todos los nombres que formábamos parte de aquella aula. No tiene mucho mérito tampoco, todos los días, pasaban lista.

Y en mi lugar de descanso vacacional, el Puerto de Santa María. Victor, mi gran amigo de los veraneos y de fiestas de guardar. Piscinas, playas, chicas. Siempre lo pasábamos genial. No había día en el que no nos inventáramos alguna aventura, alguna locura, alguna chorrada. Partiéndonos la cara con las bicis, escalando los eucaliptus del bosque, pillando nuestras tablas de surf, para escaparnos a la playa. Antonio, Maxi, Edu, Chiqui, Carlos. Otra pandilla de las más temidas.

Muchos años me pasé sin la compañía de amigos. La ” elección” de una pareja. La propia responsabilidad en ello. Cuando todo terminó, en el momento más duro de mi vida, conocí a otro de mis grandes amigos. Sergio. Compartir los tragos amargos que te toca vivir, une. Cuando tu mundo se va literalmente al carajo, y no te queda nada, ” aparece” otro ser humano, que lo está pasando peor que tú. Y fue amigo, padre, hermano, siempre hermanos. Honor y gloria siempre. Los dos estábamos en el fondo del pozo negro de la desesperación y la amargura, del ” nada puede ir peor”. Y en esos trances, la amistad cobra todo su sentido. Cuando lo único que se tienen son penurias, pocas ocasiones para la alegría, ahora pienso que no éramos amigos. Simplemente dos guerreros heridos de muerte, rotos, intentando sobrevivir.

Y cuando tocas fondo, cuando no se puede bajar más, todo lo que queda es subir. Y como amigos compartimos el ascenso. Y eso fue lo que nos alejó.

“¿ Dónde están mis amigos?” Dice una canción. Y no quiere decir ello, que sea un ser antisocial, perseguidor de causas perdidas, escapista profesional de eventos, con fobia a las multitudes, Robinson de los Crusoes eterno, monje capuchino del silencio comprometido, ermitaño de la montaña, en mi torre de marfil. Simplemente me he cansado. Le he cogido gusto a esto del ostracismo por elección.

Te vuelves exigente, quisquilloso, más callado. Tus ojos ya hablan más de lo que pueda decir tu boca. Vienes un poco, de vuelta de todo. ¿ A un ladrón vas a venir a robar? Ahora recuerdo, con un poco de vergüenza lo confieso, que por mis ansias de encontrar algún amigo, alguna amiga, le contaba mi vida a todo el mundo, hablando por los codos.  ¡ Ay , esa maldita voluntad de agradar!

¡ Y lo mal que te mira la gente cuando les dices, “No tengo amigos”! Las reacciones son variopintas. Extrañeza, desconcierto, perplejidad. Algunos se ven heridos en su amor propio. ” ¡Oye! ¿ Y yo qué?”. ” Bueno, valeee. Aceptamos pulpo como animal de compañía”. Esto del facebook y el número de amigos ha hecho bastante daño al sentido común.

Soy un lobo estepario, que cuida de su pequeña manada. Que no rehuye el trato, que disfruta de la amistad del que nunca falla, del amigo eterno. Ahora lo sé Ese amigo esta arriba, y otro que lo representa abajo. Mi Padre del cielo, y mi Padre en la tierra.

Y he roto los esquemas de la tradicional mentalidad machista. Una mujer es una mujer. Mi mujer, por su elección, porque ella libremente me otorgó el honor y el placer de ser su marido. Compañera, amante, maestra, sufridora, luchadora con dos cojones, dama, animal, guerrera, trabajadora, madre. Mi Reina, Mi Amor, Mi Vida.  Mi AMIGA.

Con el permiso del Maestro recientemente fallecido, Juan Carlos Aragón del Cádiz libre, y del Cantante Andaluz de la preciosa Huelva, Manuel Carrasco, dejo esto. Se que ellos son tan contestatarios y tan tocapelotas como yo. Porque estamos en Carnaval, porque me encanta, porque me recuerda a mis amigos, porque me recuerda a mi Padre y a mi Dios. Y porque me da la santa gana.

“Un amigo es un amigo, me dijo un amigo mío
y era tan amigo mío y tanta amistad la nuestra
que no supe qué pensar pero le dije mu dolio
un amigo de verdad, no lo dice y lo demuestra

Un amigo-amigo no te dice
un amigo está pa algo.
Un amigo-amigo está contigo
en los momentos más amargos.

Un amigo-amigo de verdad
no dice quiero ser tu amigo,
pero si es tu amigo de verdad
tu muerte la muere contigo

La amistad es regalar
el corazón de un caballero…
A un caballero, a un caballero…

Por eso los corazones
de los amigos cañones
son corazones de oro
oro por el que te digo
que los mejores amigos
son los mayores tesoros.
y esos tesoros no tienen
reputaciones ni bienes
ni huecos en los altares
que los altares se adoran
a la semana una hora
y otra hora en los bares.

Por eso sé lo que digo
na más que tengo un amigo y es mi pare.”

Las Punteras de Elisa (XI)

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¡¡¡¡¡ Acercateeeeeeee niñaaaaaaa, que todo lo que tengo vale una millonaaá. Compraaaaa, compraaaa, que me lo quitan de las manos. Tú mira lo que quiera “miarma”, que mirá es gratis !!!!”. Jueves, calle Feria, bullicio a trompicones deambulando de forma sinuosa por la estrecha arteria principal del barrio de la Macarena. Para los que no conozcan la capital hispalense, el jueves es uno de los principales días de la semana, al cumplirse un ritual muy del gusto del sevillano. El conocido popularmente como el “mercadillo del jueves”, es el más antiguo de la ciudad, hundiendo sus orígenes en la etapa anterior a la Reconquista cristiana protagonizada por el rey santo, San Fernando. Hoy en día, en esta calle que no llega al kilómetro, se muestran en numerosos puestos, antigüedades, artículos de segunda mano, objetos religiosos, obras de arte y lo más extraños cachivaches. Muchos historiadores y estudiosos, encuadran temporalmente el mercadillo en los tiempos de la dominación árabe, habiendo sido el primer enclave la Plaza de Calderón de la Barca, colindante al Palacio de los Marqueses de la Algaba.

A excepción del Jueves Santo, siendo el Miércoles Santo el día sustituto para celebrar el mercadillo, durante el resto de los jueves del año, este zoco medieval cobraba vida en la populosa calle, transformándose por unas horas en el trastero público de lo olvidado, de lo no deseado, viejo o roto, en el desván de las intimidades ciudadanas. De rancio abolengo, pintoresco y con un incuestionable magnetismo, el mercadillo había inspirado hasta las páginas de los más eminentes literatos, desde Ángel Vela, pasando por Chaves Nogales, Richard Ford, o incluso el mismísimo Miguel de Cervantes. Muchos habían inmortalizado en sus lienzos su vida, en sus cuartillas sus historias. E incluso, llegando a la exageración más sevillana, alguna obra de Murillo se había vendido allí.

Elisa acudía cada vez que podía a la calle Feria, los jueves de mercadillo. Le gustaba perderse entre los numerosos puestos que ofrecían sus tesoros a precio de saldo. Cuadros, estatuillas, antigüedades, objetos eléctricos y electrónicos, joyas, revistas del destape y libros, más de alguno descatalogado. Discos, cintas de cassette, dvd piratas. Todo bonito, todo bueno, todo barato, todo negociable.

Esta curiosa predilección se la había contagiado su madre, muy aficionada a coleccionar objetos antiguos y  todo tipo de enseres, a primera vista sin utilidad. Acaparar lo que no sirve o lo que no tiene ya valor, extraño pasatiempo. Su madre en alguna ocasión se había sentado con ella en la mesita de la cocina, cuando estaban a solas, y dejaba de ser Doña Severa, para compartir con ella sus tesoros.

Normalmente esto sucedía cada jueves. Era el único suspiro en el que parecía humana, era el único momento en el que dejaba escapar sus sentimientos, era el único pestañeo en el que se asemejaba a una madre. Monedas nacionales y de diferentes países, sellos y estampas, pequeñas navajitas con mangos de diferentes materiales, canicas, platitos de porcelana, dedales de variados materiales, medallas religiosas, bordados, mantones de manila, muñecas de porcelana. Cada jueves, Doña Severa, Severa, conducía a su hija a la cocina. Perdonándole el eterno destierro, el encierro en su cuarto. Allí en la cocina, en aquella alargada mesa con olor a comida, exponía todos sus alhajas. Eso si, previamente, Severa limpiaba con primor la superficie de la mesa, con visible cariño y cuidado.

A Elisa, siempre le gustaba preguntarle a su madre por la historia de algún objeto peculiar o llamativo. Se quedaba embelesada escuchando horas y horas. Su suave tono de voz, su candencia, su timbre, su expresividad, su relato perfecto, su cínico humor negro, sumergía a Elisa en un embriagador sopor, que le transportaba a otros mundos, a otras épocas, a otras realidades. A la fantasía de ser una niña querida, una niña amada, un niña feliz. Cuando el espíritu está necesitado, con qué poco se contenta.

” Este anillo con rubí, y esta medalla del Gran Poder y de la Macarena, fue un regalo de tu abuela por tu bautismo. Cuando te cases te lo daré, para que lleves algo de ella, en el día de tu boda. El día de la boda de una mujer, es uno de los más importantes. Es un día de muchos nervios, pero no te preocupes pequeña que yo estaré a tu lado”- susurró Severa.

A Elisa se le saltaron las lágrimas.

Algo llamó la atención de Elisa, a la mitad de la calle, llegando a la casa número 85. Una anciana con gafas de sol, sentada en los peldaños que daban entrada a la casa, dirigía su mirada hacia ella. La anciana iba vestida de luto riguroso, y portaba un bastón. A sus pies, una alfombra persa deshilachada, servía de nido de cientos de cacharros y trastos que se desparramaban por sus confines. Una mesilla de noche de nogal, encima de la pequeña alfombra, hacía las veces de expositor. Sobre ella, una estatuilla de marfil,  blanco amarillenta, casi respiraba. Elisa se acercó entre el gentío.

” Hola guapa, ¿ Buscas algo?”- dijo la anciana.

” Nada en particular”- se sonrojó Elisa.

” Todos buscamos algo ¿sabes niña? “- exclamó la anciana con inusitada familiaridad.

Elisa, se quedó pensativa mirando a la vieja enlutada. Sentía la necesidad de coger aquella pequeña mujer de marfil.

” ¿ Sabes a quién representa ?”- preguntó la anciana.

Elisa se ruborizó y se quedó callada. No tenía ni idea. Simplemente sentía una inexplicable atracción por aquella figura.

” No te preocupes miarma. Pronto alguien te lo contará. Y te traerá amor y penas. Las cosas de la vida ¿ verdad? Blanco y negro pocas veces. Siempre gris. ¡ Qué bonita es la vida cuando todavía se tiene juventud para bebérsela!” La anciana sonrió. ” Bebe cielo, bebe”.

Elisa la miro incrédula, No le salían las palabras. Parecía que había enmudecido. Lo único que podía hacer era escuchar.

” ¿ No me crees verdad guapa?”. La vieja sonreía. ” Yo veo cosas que tú nunca creerías”. La anciana bajó con un gesto de la mano las gafas de sol a la altura de la punta de la nariz. Unos ojos totalmente blancos, inexpresivos, vidriosos, miraron a Elisa. Unos ojos vacíos, sin vida, de color amarfilado como el de la estatuilla, examinaban expectantes la reacción de la asustada joven.

Elisa, se sobresaltó. No fue una sensación de asco lo que sintió, ni siquiera de repulsa. Simplemente temor, un temor desnudo, sin posibilidad de escondite, sin tapujos. Después de aquella primaria reacción vino la pena. Una sincera pena y compasión. Tristeza.

” Ay mi niña. eres sensiblona. No te apures, perdóname. Estoy un poco loca. Solo ante el miedo, el ser humano reacciona con su verdadera naturaleza. Algunas veces hay que probar al que se tiene delante. No lo olvides.” Al decir esto, la anciana de negro, suspiró y bajo la cabeza.

Elisa quería sostener aquella figura. Sentía la necesidad de cogerla y acariciarla. Su mano se acercó a ella y de pronto chocó con otra mano. La estatuilla estuvo a punto de caer al suelo. Ella, retrocedió y alzó la mirada. Era un hombre.

Era alto, muy alto y delgado. De pelo negro ondulado y ojos verdes. Sus facciones eran fuertes, pronunciadas. No era un hombre guapo, pero si, como se suele decir, atractivo. Su mandíbula era marcada, cejas pobladas, nariz achatada y labios generosos. De complexión robusta. Vestía una gabardina de color ocre, y un sombrero ocupaba la mano inocente del choque fortuito. Algo singular le llamaba la atención. No podía afirmar que era, pero algo de aquel extraño le hizo sonreír. El también lo hizo.

” Es una burda imitación de la Diosa Lakshmi de Pompeya, hallada en el 39. Representa la fertilidad. Si te gusta te la regalo”-dijo él. Ella sonrió embelesada.

” Anciana, ¿ qué precio tiene esta estatuilla”- preguntó el extraño.

” No sé, dímelo tú que sabes más de ella que yo. ¿ No es cierto?”, afirmó la anciana.

” ¡ Qué guasa tiene la ciega! ¿ Tienes ganas de regatear, no?” Dijo el hombre.

” Todo tiene un precio”- concluyó la ciega.

En ese momento él palideció. Se llevó la mano al bolsillo y sacó la cartera. Cogió unos cuantos billetes y se los ofreció a la anciana. La vieja tomó los billetes y se los llevó a la nariz. Los olisqueó como un perro de caza, y después pasó la yema de los dedos por ellos.

” Es suficiente caballero. La estatuilla es tuya. Ten cuidado con ella, que las cosas delicadas se pueden romper si no se las trata con cariño.”

Él la miró, intentando responder con algún chascarrillo a las palabras de la vieja, pero se quedó mudo. Se dirigió a Elisa, y le preguntó, ” ¿ Te tomas un café conmigo y formalizamos la entrega de la dichosa estatua?” Elisa sonrió, “¡ Claro!”.

Bajaron por la calle, dirección a la Iglesia de San Juan de la Palma. Llegando a la altura del número 79, Elisa miró al portal. Encima de la puerta de entrada había un relieve con  figuras cinceladas en la piedra. Media luna, dos estrellas, un gallo y una escoba. En ese momento se acordó de la vieja. No se había despedido de ella siquiera. Miró hacía atrás, intentado identificarla entre la bulla. La vieja y enlutada ciega ya no estaba.

Las Punteras de Elisa (X)

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Un sonido gutural, casi agónico, salía de aquel cuarto de baño. Un grito sordo, animal, que expulsaba todos los demonios que atormentaban a Gestas. No era sólo la lógica reacción fisiológica a otra noche de maldita borrachera. Era un llanto de desesperación que nacía del interior, de las entrañas, un alarido de macho alfa, expulsado de su manada por otro lobo más joven y dominante. Esas tripas que liberaban los samurais en el pasado, al practicarse el “seppuku”, cuando ya no había ” Daimyo” al que seguir, o cuando el honor se había perdido. Arcadas de alcohol que derramaba por su boca hasta desfallecer, hasta perder el sentido de la realidad. Ya no había nada que regurgitar. El regusto agrio de la bilis inundaba su boca y las lágrimas ácidas que escocían, hijas de aquella nausea eterna, se desparramaban por su cara. Reía, lloraba, vomitaba, en un orgasmo de vacío existencial. Asido fuertemente a la tapa de aquel váter, con sus brazos rodeando la taza, Gestas continuaba echando a los demonios, en un exorcismo interminable. Los que habían crecido en su interior. Aquellos que dominaban desde siempre su alma. Sus eternos compañeros de infancia.

Ya había perdido la cuenta de cuántas noches habían terminado de la misma manera. Con ese abrazo místico, de rodillas, frente a aquel agujero negro que tragaba sus penas. Algunas veces no llegaba a su casa. Había vomitado en la calle, en su coche, en más de alguna esquina, encima de sus ropas, o incluso, encima de alguna compañía ocasional. Ese veneno le estaba matando.

Se secó el sudor y se limpió los restos de fluidos de los labios, con la manga de una camisa ya manchada y pestilente. Se incorporó y se acercó al espejo. No quería mirarse en él. Pero sucumbió. Levantó los ojos y miró. Y no reconoció al hombre que tenía delante. No era él, era un extraño. Su piel estaba pálida, de un blanco mortecino, barba de varios días, ojos brillantes, pero muertos, ojeras. De pronto, sus ojos se encontraron con los de aquel ser que le observaba fríamente y sonreía. Abrió el grifo, y con sus manos se enjuagó la cara.

Apoyándose en las paredes, encaminó lentamente sus pasos al salón, y se desplomó en su butaca. Cerró los ojos.

Aquel cuarto era un verdadero paraíso infantil. Las paredes estaban recubiertas de papel, con hadas y elfos, criaturas fantásticas que volaban por los cielos, magos, dragones y guerreros a caballo, corrían por el techo vulnerando las leyes de la gravedad. Una ventana enorme dejaba pasar la cálida luz del sol. Desde ella, se divisaba un jardín preñado de rosas, naranjos, azahar y damas de noche. En el alfeizar de la ventana, se encontraba una jaula dorada, en la que ” Cantarín”, un pequeño jilguero, entonaba las más alegres melodías, regalando armonías a todos. Una fuente redonda con mosaicos romanos, agua cristalina y una estatua de Hades en el centro, en una mezcla explosiva, reinaba el centro de aquel Edén multicolor.

Juguetes por doquier, caballos de cartón, escopetas de corcho, muñecos de trapo, un patinete de hierro de color rojo reluciente, pelotas de cuero, un tren, eran algunos de aquellos preciosos tesoros infantiles, de aquel niño solitario. Estanterías de madera de roble, repletas de libros, un escritorio con una bola del mundo, un juego de escritura, pluma, tintero y papel secante.

Su cama, un colchón mullido y confortable de plumas de ganso, revestido de colchas, bordadas con cientos de cervatillos. Una almohada también de plumas, era el descanso perfecto que cualquier niño desearía. Una lámpara isabelina de miles de cristales brillantes, pendía del centro del techo reflejando la luz natural, y creando arcoiris de ensueño.

Gestas no tenía hermanos, jugaba solo durante horas infinitas. Inventaba historias, pintaba en su caballete con una paleta de colores, todo aquello que su imaginación le sugería. Corría por el jardín descubriendo insectos y plantas nuevas, en un universo de aventuras. Escalaba por las ramas de los árboles, a la caza de algún pajarillo. Alguna tarde le visitaba algún niño con el que jugaba. Pero la mayor parte del tiempo estaba solo. Se había acostumbrado a estar solo.

Su padre nunca se encontraba en casa, los negocios de la familia le ocupaban la mayor parte de su jornada. Tenían una finca desde tiempos inmemoriales. Olivos, viñas, trigo. Tantas hectáreas de tierra tenían bajo su dominio, que múltiples tipos de fruto crecían en ellas . Únicamente veía a su padre al anochecer, cuando volvía a su casa. Después de cenar, lo cogía amorosamente en brazos, y le contaba hazañas increíbles de sus antepasados, de sus tradiciones y costumbres, del origen de su apellido, de relatos que todavía no llegaba a entender, y cuando llegaba la hora de dormir, acompañaba con cariño al pequeño a su cama, dejándole prendido un beso en la frente.

Su madre, era otra cosa. Estaba siempre en casa. Dominaba todo el tiempo del pequeño Gestas. Muy alta, de cabellos dorados, del color del trigo de sus tierras, esbelta y elegante. Sus ojos eran de un verde mar intenso, casi irreal, y un rictus de ligero desdén y lejanía de las cosas terrenales dominaba su expresión y sus modales. Era nacida de alta cuna. María Eugenia era una mujer de belleza abrumadora. Se había casado como todas las señoritas sevillanas de su clase social, con un pretendiente con posibles. Los matrimonios pactados era lo habitual, entre las altas clases sociales de la Sevilla más acaudalada. Pero un matrimonio, lleno de lujos y comodidades no le dio el amor a aquella fina y fría damisela.

Esas numerosas horas de ausencias las pasaba María Eugenia en casa, reunida con su grupo de oración, del que se sentía especialmente orgullosa y afecta. Las más importantes mujeres del pueblo, acudían a la casa de los Santamayor, cada tarde, para leer los Sagrados Evangelios. En el salón, leía cada dama un capítulo, para después entrar en debate del sentido y significado de la Palabra revelada, todo ello dirigido por María Eugenia y el Padre Demetrio, antiguo sacerdote ya retirado. El Padre Albino, el nuevo cura, siempre había declinado las invitaciones a participar de aquellas reuniones. María Eugenia siempre se había preguntado el motivo de la actitud del sacerdote. Las reuniones siempre acababan con la reducida comitiva, rezando el rosario. Lo repetían una y otra vez, hasta la saciedad. El olor a incienso y cirio quemado, provocaban un clima irrespirable, hipnótico. Gestas, escuchaba con temor desde su cuarto, situado en la planta alta, los enfervorecidos cánticos. Miraba, agazapado, tras la barandilla de la escalera, con la curiosidad propia de un niño. Al finalizar, siempre, cada tarde, una de las integrantes se aproximaba a la puerta del salón, y la cerraba con llave. A partir de ese momento, reinaba un silencio sepulcral, que retumbaba en los oídos del pequeño. Al cabo de una hora, la puerta se abría, y en el más absoluto de los silencios, los integrantes de la comitiva abandonaban la casa. Ese era el momento, en el que María Eugenia acudía a su segunda gran pasión, la bebida. Era una gran bebedora de toda clase de licores y vinos. Lo único que no probaba era la cerveza, por que le habían enseñado que ” eso era de pobres”. Agarraba unas borracheras de órdago, y casi siempre terminaba inconsciente, desmayada en el suelo. Menos aquella tarde.

Aquella tarde, Gestas no aguantó su curiosidad, y bajo las escaleras. Con anterioridad, Doña Leonor, mujer del Alcalde, había cerrado la puerta del salón, como cada tarde. El pequeño puso su mano infantil en el pasamano, y peldaño a peldaño fue bajando la escalera que descendía desde la primera planta. A cada escalón que pisaba, se producía un imperceptible crujido de la madera. A la mitad del recorrido, Gestas paró, algo en su interior le decía que era mala idea, que tenía que volver a su cuarto, que si Doña Leonor cerraba la puerta, era por que no tenían que ser interrumpidos, que su presencia no era bien recibida, y que fuera lo que estuvieran haciendo, lo mejor que podía hacer era regresar con sus juguetes. Gestas siguió bajando. Al final de la escalera, un rellano, con una estatua de un dragón chino de marfil, una mesita alta de cedro, una alfombra persa en el suelo de madera, y un espejo redondo de plata. Gestas se acercó a la puerta y agarró el pomo. Torpemente lo giro, y abrió la puerta con lentitud. Por una pequeña rendija, llegaban unos extraños ruidos y una leve luz. Gestas acercó sus ojos de niño, para poder ver mejor.

Dicen que unos de los momentos más tristes de la existencia, es cuando un niño pierde su inocencia. Aquella tarde fue la última tarde la de la inocencia del pequeño Gestas. Una maraña de cuerpos desnudos sudorosos se mezclaban, en una trepidante bacanal de sexo desenfrenado. Era imposible distinguir donde empezaba uno y terminaba otro. Gemidos, palabras lascivas y lenguajes obscenos hirieron los tímpanos del niño. Los ojos de la inocencia se rompieron. La rosa blanca se marchitó,y asqueado por tal espectáculo fue retrocediendo lentamente hasta el rellano.

” ¿ Qué haces ahí niño infecto? ” Gritó su madre desnuda, asomando medio cuerpo por la puerta. Gestas aterrorizado retrocedió apresuradamente y cayó al suelo de espaldas. ” ¡ Vete de aquí ahora mismo hijo de Satanás! ¡ Ya hablaremos tu y yo sabandija asquerosa!”

Gestas subió las escaleras a la velocidad del rayo y se metió en su cuarto. Una vez allí, se arrastró hasta debajo de su cama, y abrazado a su peluche, un oso marrón de nombre ” Bicho”, cerró con fuerza los ojos, mientras su corazón galopaba como un caballo desbocado.

Pasó, una hora, quizás dos, cuando pudo escuchar voces que se alejaban y los pasos de unos zapatos de tacón subiendo por la escalera. Era su madre, la que entraba por la puerta, agarrando con una mano una botella de coñac medio vacía, y con otra una regla de madera.

” Ven cariño ven, mamá te va a enseñar lo que estaba haciendo con sus amigos”. Su aliento apestaba a alcohol.

Aquella tarde, aquella fatídica tarde, el alegre jilguero que estaba en la ventana del cuarto de Gestas, enmudeció.

El tiempo se acerca.

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En tu tierno humano costado herido por mis pecados, brota vida pura,
por clavos oxidados, cercenando tu piel divina y morena, amor de Buena Muerte,
sentando cátedra a tus estudiantes, sempiternos aprendices de vida eterna, locura.

No hubo nunca muerte más dulce, no hubo nunca muerte más viva,
por cada gota de sangre que derramaste,
ejemplo de estilo y oportunidad de redención en nuestras vidas.

Que mi cirio tiniebla y mi esparto ceñido, que mis pies y mi ruan,
que mi capirote y mi cansancio, sean penitencia para ti Señor,
que mi fatiga consuele a mi familia, a mis amigos,
a sus penas, sea yo el emisario de tantas plegarias y esperanzas blancas.

Por los que estamos, por los que no están y disfrutan ya de tu gloria,
van pasando entre mis dedos, las cuentas del rosario,
y aunque ya hubo uno que te vendió por 30 denarios,
ni la muerte misma pudo borrar tu victoria.

Nunca hubo una muerte más dulce, nunca más serena,
nunca tanto dolor, se lavó con tanta pena,
que a tu pesada cruz me aferro, y con mis pocos cirineos sigo,
que no hay mayor amor en el mundo Señor,
que aquel del que da la vida por sus amigos.

Las Punteras de Elisa (IX)

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“¡ Eso es un verdadero sacrilegio! ¡ Es una falta de respeto total a la fe de nuestro señor Jesucristo! ¡ Me niego en rotundo, nunca bautizaré a su hijo con esos nombres!”

Las finas venas azuladas de la cara afilada del Padre Albino se marcaron en su cuello con una intensidad visible, mientras que la yugular bombeaba a un ritmo peligroso. Sus ojos penetrantes, bañados de un rojo escarlata, amenazaban con un derrame. Menos mal que la juventud del sacerdote, y su aparente buena forma no presagiaban ningún ataque al corazón inminente, pero unos cuantos años más, y una peor condición física hubieran sido malos aliados.

” Padre, no tiene que ponerse así, no le estoy pidiendo ningún imposible. Es una tradición en mi familia. El segundo nombre ha sido el mismo desde los orígenes de mi apellido, allá por el siglo XV. No tiene nada de que atemorizarse, si comprueba las partidas de bautismo de todos los varones Santamayor, ha sido nuestro segundo nombre desde siempre, no entiendo tanto revuelo, ni tanto alboroto. Y con respecto al primero, creo que usted exagera. Comprendo que es usted el sacerdote nuevo de este pequeño pueblo, pero sus predecesores en la fe, fueron más comprensivos que usted. No hay que alarmar, ni alarmarse tanto, padre, las costumbres de los pueblos y de las familias, son eso, sólo costumbres”.

“¡ Le repito que es una verdadera aberración! ¡ Herejía, apostasía! ¡ Burla a nuestro Dios Padre Celestial! ¿ Cómo iba yo a admitir poner esos nombres a un niño que se va a bautizar? ¡ A una criatura pura, que va a borrar el pecado original de nuestros primeros padres, con el sacramento del Bautismo! ¡Es intolerable!¡ Totalmente!” El Padre Albino golpeó contra la mesa de madera del despacho parroquial con vehemencia. Miles de papeles y documentos volaron por los aires, cayendo sobre el suelo de mármol, blanco y negro. El sacerdote intentó vanamente retomar la compostura, se apretó el alzacuellos, y se atusó con los dedos el cabello. ” Mire Señor Santamayor, es cierto que soy nuevo en el pueblo, pero no soy nuevo en la fe, ni en la vida. No conozco su familia, pero no hay que ser muy inteligente para apreciar a simple vista, que tiene usted que pertenecer a alguna familia pudiente e influyente, por su atuendo, y por sus maneras. Lo que le quiero decir, en resumidas cuentas, es que he venido aquí a continuar una labor parroquial de fe y conversión, que soy garante de la religión católica contra el marxismo, comunismo y leninismo judeo-masónico que ha atizado tantos años a nuestra querida nación española, y que tanto daño ha hecho a los cristianos católicos, por no mencionar a nuestros mártires, y que lucharé con todas mis fuerzas, y por supuesto, con el apoyo de las fuerzas públicas, contra la depravación, malas costumbres, vicios y pecados, y si fuera necesario, me dirigiré a mi superior, al arzobispo, o al mismo Caudillo, para denunciar cualquier ofensa o práctica deshonrosa contra nuestra Santísima Virgen María, nuestro Señor Jesucristo, nuestra Santa Madre Iglesia, o contra Dios nuestro Creador” El sacerdote, se sentó en la silla exhausto, clavando la mirada en los ojos de Longinos Santamayor, con satisfacción por el discurso que acababa de salir de su boca.

Un brillo taimado se reflejaba en la mirada del Señor Santamayor. Era un hombre alto y fornido, elegante. Vestía traje de color gris oscuro de paño, con un chalequillo negro con ribetes dorados. Una cadena de oro puro, perteneciente a un reloj de pulsera, colgaba de uno de sus bolsillos. Un pañuelo de seda, de color beigue, asomaba en el bolsillo superior de su chaqueta. Un chaquetón de terciopelo azul oscuro, cubría su figura, y en la mano, un sombrero de ala ancha del mismo color. Gemelos de oro, y camisa perfectamente planchada, en tono beige. Corbata gris oscura, perfectamente anudada al cuello, con flores de lis, en color azul claro. Engominado, con un fino bigote. Es cierto que el Señor Santamayor desprendía elegancia y buenas maneras, poco comunes en aquella época de posguerra. Pero no era una elegancia y buenas maneras que invitaran, precisamente a la tranquilidad. Todo lo contrario.

” Mire padre, ciertamente no es usted nuevo en la vida”. Las palabras de Santamayor, fueron como puñales que volaban en dirección al Padre Albino. ” No es usted nuevo en la vida, cuando el Arzobispado se ha visto obligado a recolocarlo, por decirlo de alguna manera, en nuestro amado pueblo, por los escándalos que usted ha dejado en su anterior parroquia de Carmona. No es usted nuevo en la vida, cuando por su causa, ya hay una nueva vida en aquel delicioso pueblo, que lleva su sangre. No es usted nuevo en la vida, cuando aquella adolescente llamada Lucía, le dijo que no, que aquellas prácticas tan extrañas no le hacían bien a su alma y que no las veía bien. No es usted nuevo en la vida, cuando intentó por todos los medios, que aquella joven abortara, cuando se enteró que su semilla estaba en ella. No es usted nuevo en la vida, cuando su presión fue tal, que a punto estuvo de consumar aquella inocente su suicidio. No padre, no, no es usted nuevo en la vida”. Santamayor se llevó la mano a su bolsillo, sacó una pitillera dorada con incrustaciones y la abrió. Con delicadeza paso su dedo índice por la fila de cigarrillos en fila, y se paró en el último del extremo derecho. Lo sacó y se lo llevó a la boca. Del otro bolsillo, sacó un encendedor y de un rápido gesto, encendió el cigarrillo. Una bocanada, profunda, satisfecha y toda la estancia se lleno de humo. ” No hay peor cristiano, que el judío converso padre”- soltó una risotada.

El Padre Albino estaba pálido como las paredes de cal del pueblo, su cara y sus manos eran blancas como la leche, y una lenta gota de sudor le caía por la frente. Sus ojos, antes fieros y varoniles, se tornaron en asustados e infantiles. De un plumazo, de un estocazo, el Sr Santamayor había desarmado al soldado de la fe. Tocado y hundido.” ¡Touché!”

El cura se quedó pensativo durante unos interminables segundos.”Ehmm, bueno..”-carraspeó, ” creo que esto se nos ha ido de las manos a los dos. En realidad, no es tanta afrenta, ya que si consideramos la teología más ortodoxa, estamos hablando de que el segundo nombre era el que tenía antes de pecar contra Dios. Y el primer nombre fue de aquél que estuvo al lado de nuestro Señor Jesucristo en su muerte, y no se habla de que no se arrepintiera”- desesperadamente apostilló ” además de que Él imploró perdón al Padre para ellos, por que no sabían lo que hacían”-tartamudeó..” Eso sí, en el sacramento del bautismo no proferiré el segundo nombre”.

” ¡ Ha visto padre! ¡ Si al final todos nos entendemos, lo único que hay que hacer es dialogar hombre, dialogar!”- sonrió satisfecho Santamayor.

“Ahora por favor, escriba usted mismo en este acta el nombre que desea para su hijo en el bautismo. Lo tendría que hacer yo, pero…prefiero que lo haga usted”.

Longinos Santamayor, cogió la pluma, y comenzó a escribir el deseado nombre de su hijo. Se levantó y ofreció la mano al cura, victorioso. El sacerdote rechazando el saludo, dio un paso hacia atrás. Longinos sonrió y salió del despacho parroquial. Mientras iba por la calle, todos los paisanos con los que se cruzaban, le saludaban con afecto sincero y amabilidad. Longinos con la sonrisa petrificada en su cara se sentía orgulloso. Continuaba la saga, continuaba su legado, el que había recibido, de su padre, de su abuelo. Cuando su hijo fuera creciendo, él con cariño desorbitado de padre, le iría instruyendo en las ” tradiciones” de la familia. ” Gestas Luzbel Santamayor Álvarez”- dijo para sus adentros, ” bienvenido a la familia”.

Ojos de niña

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Nacarada piel de niña leve,
miel y jazmín, esa es mi niña,
geranio sevillano florecido en otoño,
pétalo fresco en el aire de mis alegrías.

El reloj corre con una prisa que espanta,
creces en un suspiro, y no me doy cuenta,
era ayer cuando te acuné en mis brazos,
y ahora saltas, preguntas, ríes, juegas, aprendes, alguna lágrima.

¡Y te costó salir! ¡Dios lo sabe!
pero qué bonita venías, tan llena de vida,
tan sonrosada, tan rellenita, tan caliente tu piel,
¡qué pastelero te hizo! ¡ Gracias Dios, gracias!

Y creces, y me asombras, y me enfureces,
y me mareas,y me cuestionas, y me enterneces,
y me haces rezar una y cien veces,
que la salud no te falte, ni el amor, ni la fortuna, ¡qué la mereces!

Tanta nobleza, a mí me recuerdas. ¡En mal sitio hemos caído mi vida!
Antro de iniquidades, éste.

Amigas, amigos, ropa, estudios, clases, lecciones, y la vida.
¿ Y qué hago yo? ¡ Si a mí nadie me enseñó a ser padre! ¡ Bueno sí! Los míos.

Mis pobres padres, que menos sabían que yo. Con su ejemplo,
me han enseñado qué hacer, y qué no.
Y ser padre me ha alejado de ellos, y también algunas veces me acercó.
¡ Cuántas veces, sonriendo, no he llegado a confesar… si al final, tenían razón!

Y te ves siendo tu madre, con su cariño,
y te ves siendo tu padre, con el regaño,
¡Qué sacrificios más grandes los dos hicisteis! Hasta que no pudísteis más, fatídico año.

Y me siento muy mayor, siendo joven, y me siento un niño, siendo un viejo.

A ti mi primera niña, sangre de mi sangre, orgullo de mi apellido,
no puedes ser más bonita, más buena, tu nombre, la que trae la Paz,
¡ cuánta falta nos hace!
Y tú me hiciste ser padre, acostumbrarme al mareo, al vértigo, y al orgullo.
Ser responsable.

Fiebre, hospital, cólico lactante,
pañales, biberón, noches de desvelos, dientes de leche,
tus notas, tus sueños, tus ilusiones.

Vuela mi vida, vuela libre y se feliz, haz realidad todas tus fantasías,
que nadie te diga nunca que no son posibles, que no vales o no sirves,
que nadie amargue tu alma, entristezca tu ánimo, malogre tus esfuerzos,
yo, tu padre, siempre estaré aquí,con el paquete de tiritas en la mano.

Subiendo montañas

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Llevo unos días sintiéndome raro.

Sentía la necesidad, no se si vital o existencial, de subir a lo alto del cerro que está al lado de mi casa. Está a pocos metros de donde vivo, no es una subida especialmente difícil, y por otro lado, no es que las vistas sean espectaculares, como se diría hoy en día, pero sentía una necesidad rara.

Sé que desde la antigüedad, el ser humano ha elegido altas montañas, picos y cumbres como lugares sagrados, de culto, idóneos para colocar cruces, ídolos, monumentos de todo tipo, conmemorando cierta idea de divinidad, o directamente a Dios.

No lo sé, en principio, no era como dije una necesidad espiritual, si no algo raro que me rondaba por la cabeza. Esa sensación se ha intensificado, cuando estos días he estado cerca de otro paraje natural. Precioso, rodeado de animales, silencio, verdor, barro y árboles, un inmenso lago y todo, sin cobertura. Creo que lo mejor. Así que, cuando he vuelto a casa, he planificado secretamente la ascensión a este pequeño pico.

Esta mañana hacía frío. Así que me he enfundado anorak, térmica y botas. Una llamada de rigor de mi esposa, intentando quitarme la idea. ” Cariño, ha llovido, tiene que estar todo embarrado”. Pero bueno, el ser humano cuando tiene algo entre ceja y ceja, no escucha. Determinación. Decía un jefe mío que sabio no es el que sabe mucho, si no el que aprende de los errores de los demás. El que no aprende de los propios errores, ese si es tonto, tonto pero tonto. Es decir, yo sabio..no.

Mis pasos salen poco a poco del terreno asfaltado, y me voy adentrando en un precioso bosque, lleno de eucaliptos, olivos, y mucho matorral. Brisa, aire puro, bastante nublado y silencio. No absoluto, pero un silencio acogedor. Paz. Y comienzo a ascender. Al principio, todo muy bien, algún que otro charco, suelo de tierra bastante firme, pero sin problemas. Mi mujer es que es muy exagerada, ni que estuviéramos perdidos en algún bosque de Canadá. 5 minutos y se empieza a sentir la cuesta. Una inclinación leve se percibe, y miro hacia arriba. Todavía queda. Bastante. Pero bueno, no he visto lodazales, tierras movedizas, fangos asesinos ni ninguna calavera todavía. No hay señal de alarma. ¡ Qué exagerada es mi mujer, de verdad! Sigo ascendiendo. Y sigue costando. Aunque no esté en mala forma, ni tampoco sea un obsesionado del gimnasio, creo que me mantengo bien. Comienza a costar un poco más. Y llego a una intersección. Opción A: camino cortito pero muy empinado, mala pinta, muchos árboles y vegetación, nubes amenazantes encima. Opción B: a la derecha, camino más largo, muy despejado, bastante limpio, y encima el sol sobrevolando. Vamos, me ha faltado el muñequito de los dibujos animados señalando, para saber cúal de los dos tomar. Y efectivamente, he cogido la opción B. Madre de mi vida. Chorreando de fango a los dos minutos de coger el dichoso camino. Me he acordado de todo, a mitad del trayecto. Cada paso era una excusa para hundirme más y más. El barro me ha llegado a salpicar hasta el cuello. el diablillo de la consciencia, o de la mala consciencia ha llegado a aparecer en mi hombro izquierdo. ” Desiste imbécil, no lo vas a conseguir. No vas a poder. Eres un inútil, todo te sale igual. Pasa.” El problema es que yo no soy de pasar. Y seguimos hacia arriba. Veo unas escaleras de madera, no terminadas, pero magníficas para llegar a la cumbre de aquella asquerosa colina, ni siquiera montaña. Como puedo, resbalones, tropiezos, trompicones, llego hasta la escalera. ” Vaya telita, ni un peldaño”. Es una estructura de madera, con el esqueleto de lo que pretendía ser una ayuda. Sólo que el presupuesto municipal en algunos sitios es nimio, en otros escaso, y en otros, ” ¿¿¿Presu.. quéeee???”

Y llego arriba. Y no sé el motivo, la razón, ni la causa. No tengo ni la más remota idea de por qué. Me he puesto a llorar. Las nubes se han apartado del cielo, la brisa paraba y se reanudaba, con una cadencia desconocida para mi entendimiento. Me he tenido que sentar en un banco. De forma casi automática, inconsciente, me he puesto a rezar. Y he agradecido tantas cosas buenas, y tantas cosas malas. Esperaba quizás que el cielo se abriera y un señor con bata blanca y barba se dirigiera a mí. Y eso es lo maravilloso de todo. No ha pasado NADA, absolutamente NADA. Y he sentido algo. Tiene que ser la vejez, no lo sé, pero he sentido esa conexión ancestral que nuestros antepasados quizás sintieron. Estar cerca del cielo, estar cerca de Dios. En la inmensidad del paisaje me he sentido nada, y nadie. Y he dado gracias por ello. Y tocó bajar.

Ni que decir tiene, que si la subida, ha sido problemática, también la bajada, la vuelta a la realidad, la bajada a los infiernos. Feliz de mi, me las esperaba, si la subida ha sido complicada por la “opción b”, tomaré la “opción a” para bajar. Con todo el perdón de los perdones, como se dice en mi tierra, ” Un carajo para mí”. Apostillo en este punto, carajo era la antigua canastilla que se situaba en el palo más alto de cualquier barco, así que cuando se mandaba a algún marinero recalcitrante al carajo como castigo, éste era el sentido y no otro.

Postura corporal imposible para poder soportar la pronunciada pendiente, resbalones de nuevo, esta vez, con impactos en el suelo. De pronto un estruendo, “¿ Tiros?” Que bonito, no lo sabía, la sección de Artillería del Ejercito Español hace prácticas al lado de mi casa, los lunes. Las cosas de estar de vacaciones. ” ¡Como se les escape un tiro, verás!” Bueno queda poco, queda poco. Me tengo que salir del camino, el fango asesino vuelve a la carga, y hace totalmente impracticable el continuar por el sendero marcado. ” Pero bueno, no puede ir a peor…¡ JA! ” Todo puede ir a peor, primera ley de las Leyes de Murphy.  La bajada se hace cada vez más empinada, casi tengo que ir de cuclillas, pero veo con claridad otra camino, y una bajada que da lugar a un llano enorme. Me aproximo cual leopardo africano y.. ¡ Otro carajo para mí! Hay un reborde que me obliga a saltar. Diablillo se activa de nuevo, ” salta hombre, que está chupao”. No lo veo claro, como dije estoy en forma, pero ya tengo una edad, y mi edad hace que analice el salto cuarenta veces, hasta llegar a la determinación de decidir, ” ¡ que me voy a pegar un carajazo!” Apostillo de nuevo, carajazo, también significa caída enorme que puede poner gravemente en serio la integridad física del sujeto. ¡ Me encanta la riqueza del castellano!

Por ello y por mucho más, decido arrastrarme cobardemente por la ladera hasta llegar a un recodo, en el que el pliegue que hace la pendiente sea menor. Ese es mi sitio. Éxito. Y ya, todo es bajar por un rellano, muy llano, muy llano y muy aburrido. He pensado en la pequeña aventura surgida por la desobediencia macho-cabezona muy propia de mi género. Llego a la entrada de mi casa, y veo que nuestro hombre de mantenimiento está liado, limpiando la escalera, y claro está, me quito las botas por que no quiero problemas. Risas del señor en cuestión. “¡ Hombre buenos días, no te apures que para eso estoy yo! ¿ No sabías que había barro?” Dudo, miento, verdad. Cochina verdad, ” Me lo había dicho mi mujer” Jajajajaja, risotada. De la siguiente aventura extraigo varias conclusiones:

1.- Haz caso a tus sensaciones. Lo racionalizamos todo, y todo no es racional. Muchas veces el instinto, sí, eso que nos ha mantenido vivos durante siglos, tiene algo que decirnos.

2.- En ocasiones el camino más largo no conlleva que sea el acertado, el corto tampoco, pero no lo sabes. La respuesta siempre estará al final del camino. Puedes no tomar ninguna opción, que también es una opción pero, bastante aburrida y poco instructiva a veces.

3.- La constancia/ tozudez es esencial a la hora de emprender actividades, locuras, relaciones, trabajos, pero ¡cuidado! El fango está ahí.

4.- Tu ego, tendente a la comodidad, conservación, y a que siempre le des la razón, siempre se aprovechará de tus debilidades para hacerte sentir más débil todavía.

5.- Algunas escaleras están a medio terminar, pero siguen sirviendo para subir.. y para bajar.

6.- Cuando llegas a la cumbre, no sabes lo que te vas a encontrar, y cuando esperas encontrar algo, lo peor no es no encontrarlo, si no la expectativa que te creaste. Por ello, disfruta del camino.

7.- En las bajadas a los infiernos, nos solemos comportar de forma desesperada, por mantenernos en la cumbre, o en una postura al menos, digna. No te avergüences, la supervivencia no entiende de pudor.

8- Hagas lo que hagas, subas o bajes, no dejes manchas que otro, o tu mismo tengas que limpiar.

9.- Siempre se aprende más de lo malo que de lo bueno. Eso sí, algunas veces uno está un poco harto de tanto aprender.

10.- Y último, para los que tengan pareja femenina, ¡ HAZ CASO SIEMPRE A TU MUJER! Es por tu bien, por tu felicidad, por tu comodidad y por una larga y próspera vida. Nos llevan años luz de ventaja.